domingo, 29 de marzo de 2026

Columna Reforma 12: Semana Santa: entre operativos de seguridad y conciencias que deben despertar


Reforma 12

Lic. Raúl Campoy. Foto de L. Jacott

·         Semana Santa: entre operativos de seguridad y conciencias que deben despertar

·         Más allá del despliegue institucional, la responsabilidad individual sigue siendo la clave para evitar tragedias

·         “Sólo tengo 17 años”: un llamado urgente a la juventud sobre los riesgos al volante

Raúl Campoy


Navojoa, Sonora, A 29 de marzo de  2026.- El siguiente texto, aunque podría pasar desapercibido entre mis lectores, merece ser destacado, especialmente porque la mayoría de mis artículos abordan temas políticos, educativos y de salud. Sin embargo, en esta Semana Santa, es fundamental reflexionar sobre las acciones que las autoridades de los tres niveles de gobierno están llevando a cabo para proteger a la ciudadanía.

En lo que respecta a la seguridad, la colaboración entre las autoridades federales, estatales y municipales, los medios de comunicación, así como los padres y sus hijos, es crucial para prevenir tragedias como la que se describe en el poema que a continuación comparto. En este contexto, destaca el Operativo Interinstitucional de Seguridad Semana Santa 2026, con el despliegue de suficientes elementos federales y estatales para labores de prevención, atención y respuesta inmediata, mediante la coordinación de todas las instancias del Gobierno de Sonora.

En dicho operativo participan corporaciones de los tres niveles de gobierno, incluyendo fuerzas federales, autoridades estatales, policías municipales y de tránsito, así como instituciones de auxilio y rescate, y cuerpos de Protección Civil, quienes trabajan de manera conjunta para salvaguardar la integridad de la ciudadanía durante este periodo vacacional. Su autor anónimo apela a la conciencia de la juventud y lleva por título: “Sólo Tengo 17 Años”.

“El día de mi muerte, fue tan común como cualquier día de mis estudios escolares. Hubiera sido mejor haber regresado como siempre, en el autobús pero me molestaba el tiempo que tardaba en llegar a casa”.

“Recuerdo la mentira que le conté a mi mamá para que me prestara su automóvil. Entre los muchos ruegos y súplicas, le dije que todos mis amigos manejaban y que consideraría como un favor especial si me lo prestaba. Cuando sonó la campana de las dos y media de la tarde, tiré los libros al pupitre porque estaría libre hasta el otro día a las ocho cuarenta de la mañana”.

“Corrí eufórico al estacionamiento a recoger el auto pensando sólo en que lo habría de manejar a mi libre antojo. ¿Cómo sucedió el accidente? Esto no importa, iba corriendo con exceso de velocidad, me sentí libre y gozoso, disfrutando el correr del auto. Lo único que recuerdo es que rebasé a una anciana, pues me desesperó su forma tan lenta de manejar”.

“Oí el ensordecedor ruido del choque y sentí un tremendo sacudimiento. Volaron fierros y pedazos de vidrio por todas partes. Sentía que mi cuerpo se volteaba al revés y escuché mi propio grito. De repente me desperté, todo estaba muy quieto y un policía estaba parado junto a mí. También vi a un doctor”.

“Mi cuerpo estaba destrozado y ensangrentado con pedazos de vidrios encajados en todas partes, cosa rara... ¡no sentí ningún dolor! ¡Hey¡ No me cubra la cabeza con esa sábana. ¡No estoy muerto! Sólo tengo 17 años, además tengo una cita por la noche! Todavía tengo que crecer y vivir una vida encantadora, tengo mi futuro por delante! ¡No puedo estar muerto! Después me metieron a una gaveta, mis padres tuvieron que identificarme, lo que me apenaba, era que me vieran así, hecho añicos”.

“Me impresionaron los ojos de Mamá cuando tuvo que enfrentarse a la más terrible experiencia de su vida. Papá envejeció de repente cuando le dijo al encargado del anfiteatro: "Sí, ése es mi hijo". El funeral fue una experiencia macabra”.

“Vi a todos mis parientes y amigos acercarse a la caja mortuoria, pasaron uno a uno con los ojos entristecidos, algunos de ellos llorando, otros me tocaban las manos y sollozaban al alejarse. Por favor, alguien que me despierte. ¡Sáquenme de aquí!, no aguanto ver inconsolables a mis padres, la aflicción de mis abuelos apenas les permite hablar, mis hermanos y hermanas parecen muñecos de trapo”.

“Parecería que todos están en trance, nadie quiere creerlo, ni yo mismo.¡¡Por favor no me pongan en la fosa!! Te prometo Dios Mío que si me das otra oportunidad seré el más cuidadoso del mundo al manejar, sólo quiero una oportunidad más”.

 

“¡Por favor, Dios mío, sólo tengo 17 años!”

 

Historias de vida como la que se aborda en este espacio, sea  narrada desde el anonimato o la ficción, reflejan una realidad que se repite frecuentemente en nuestras calles y carreteras. Es necesario enfatizar que ningún operativo, por eficiente y robusto que sea, puede sustituir la responsabilidad  de cada uno de nosotros.

Las autoridades de los tres niveles de gobierno, junto con los cuerpos de auxilio, protección civil y el resto de las corporaciones  de seguridad, cumplen con su deber al desplegar recursos materiales y humanos para protegernos; no obstante, en cada uno de nosotros recae la decisión final.

Esta Semana Santa, y en cada uno de las festividades celebradas a lo largo del año, más allá de discursos, cifras y operativos, el llamado es claro: conducir con prudencia, respetar las normas y valorar la vida. Porque detrás de cada accidente no hay estadísticas, hay familias destrozadas o fallecidas, sueños truncados y silencios que pesan para siempre.

Que el testimonio abordado en el  poema  aprovechado para  la presente columna no sea solo un texto más, sino una advertencia que llegue a tiempo. Porque nadie debería decir, demasiado tarde: “Sólo tengo 17 años”. Gracias por su lectura. Ojalá este mensaje no llegue demasiado tarde.

Para mayor gloria de Dios.

Por su atención, gracias.

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